Yo también escribo lo que siento. Ya que todos andan desahogándose.
Andamos tristes la mayor parte del tiempo. Quizá 1,300,045,678,900 veces nos deprimimos en la vida. Somos seres deprimibles. A menudo andaremos a tientas, tratando de alegrar el rato. Otro tanto, andaremos burlándonos de nosotros mismos. Otro tanto más, burlándonos de quien se pueda y quien se deje. La verdad es que gozamos cuando a alguien le va peor que a uno. Es mejor saber que la desdicha misma, es más desdichada en otro. Y es nuestro único consuelo absurdo: que otro esté más jodido que la propia vida.
Y es verdad, aunque lo neguemos. Es verdad que andamos viendo quién nos hace el día. Quién nos podrá salvar un rato más, ya que no hay otra cosa nueva que hacer, mas que sobrevivir.
Si no llegamos tarde al trabajo, o el jefe nos maldice, o el tráfico enloquece, y el mesero no llega, y se nos cae la billetera vacía, y la elasticidad ha disminuido, y el café se enfría, y los boletos del cine se agotaron en nuestro único y miserable tiempo libre, y no podemos sino llorar, llorar otro rato. A escondidas, en silencio, que nadie se de cuenta. Apariencias finas, siempre llenas de exageración. Tratando de reir falsamente aunque sea un poco. Antes de volvernos locos, locos de tristeza.
Y llegamos al clímax de la decepción. No sabemos por qué, pero siempre andamos tristes. Nacimos llorando, seguimos haciéndolo. Aunque las lágrimas no avisen, somos tristes. Aunque no haya berrinches, somos tristes. Aunque el día no sea gris, ni la melodía del radio sea melancólica, seguimos vacíos durante todo el día. Pepenamos lo más que se pueda, un rato de ocio. Un amigo nuevo o viejo, que sepa contar chistes. Una película nueva que nos de esperanzas en el amor. Un libro que diga que la vida es bella y feliz, y no todo lo contrario. Por lo menos encontrar un correo nuevo de un ser que se apiade de mandarnos saludos, besos, abrazos.
Un apretón de manos más largo de lo normal. Un día, un pinche día en que nadie sepa lo que es estar sombríamente triste.
La muerte, el desempleo, el fracaso, la enfermedad, el desamor, la desigualdad, la injusticia. Tantas razones para que todos y cada uno de nosotros podamos abrazar los brazos de la melancolía y la agonía. Es tan sencillo. Tú también lo estás. Acéptalo. Y aunque lo neguemos una y otra vez, la sensación hueca que deja esta emoción, nos mata día a día, aunque sea un poco. Tristeza, es el título de mi vida, de esta historia. Y aunque no haya dicho mi nombre al principio, soy Lorena (arquictecta) de 24 años de edad, la persona que probablemente los puso tristes. Menos mal que ya somos más.
Tuesday, January 29, 2008
Thursday, January 03, 2008
Me llamo Ricardo. He venido a pintar mi historia. Esta historia es de amor.
Quisiera contar de otra cosa, pero no se me ocurre nada más. Desearía este año poder olvidar.
Todo lo que escriba sonará a hubiera, quisiera, desearía... Todos los verbos de mi arrepentimiento.
Mi mayor problema es enamorarme a lo pendejo. El año pasado me atreví por primera vez en mi vida a acercarme a la mujer que me gustaba desde el último año de la universidad. No les ha pasado que siempre conservan un amor embriagador debajo del abrigo? Pues yo lo tenía ahí cual reliquia. Se van a reír pero tengo 30 años. Es decir, que si hacen cuentas ya habrían transcurrido por lo menos unos 8 años o más desde que la conocí.
Qué hacer cuando todo comienza bien. Pero después le entra a uno la locura. No podía dejar de hablarle, no podía dejar de buscarla, de amarla.
Ella aparentemente me correspondió. Muchas ocasiones yo cerraba los ojos después de hacerle el amor, suspiraba enamorado. Su olor a cigarro me despertaba de mi suspiro varias veces. Imagínense, ella con su cigarro en la boca, mientras se abrochaba los pantalones y me miraba con cierta satisfacción. Su cara recién se había enrojecido, su flequillo sexy y su pelo alborotado. Sus ojos miel y su piel blanca. El contraste de sus labios rosados con el oscuro de sus párpados. Yo estaba entre las sábanas aún amándola, cuando ella ya estaba tomando su bolso para despedirse.
Rogué por unas cuántas noches en las que ella pudiera por lo menos tomarse unos cinco minutos más. Y amaneciera conmigo abrazados los dos. Nada costaban cinco minutos más, pero para ella era toda una vida fichada a la monotonía. Ella no podría permitirse tal desperdicio, con tal desperdicio de hombre.
Yo no soy rico, ni pobre. Ni guapo, ni feo. Ni inteligente, ni tonto. Soy un hombre ordinario, un hombre con las necesidades comunes. Con el típico café mañanero, el períodico en mano, el libro novedoso en el asiento trasero del auto, el escritorio mediano, la silla reclinable, el motorola, el que se levanta a orinar en los comerciales del football, el que saca la basura los domingos, el que se acuerda de vez en cuando que existe dios. Soy tan ordinario? Dígame usted por favor. Soy tan ordinario como para que ella un buen día, olvidara la quinta cita, y la novena y la décima. Y un buen día, me robara el corazón, y me hiciera flotar, y me hiciera sentir. Y yo pudiera imaginar el futuro entre los dos. Para qué. Si al final una llamada lo hizo todo. Se me ha ocurrido un título para esta historia: 55-56-12-33. Los números de mi casa. Pues son esos números enmarañados que marcó ella un buen día, a las 5 am. Con voz muy clara y tranquila. Con pausas necesarias, y sin rodeos: No te quiero ver más Ricardo. No te quiero ver más. No te quiero ver. No te quiero. Nunca más. Nunca.
Me sigo cuestionando qué hice. Qué hice mal. Hice todo lo que nosotros los hombres cotidianos sabemos hacer. Amar. Con esas cosas de siempre: quizá... las rosas, los versos improvisados. El mensajito mañanero con el típico "te quiero". La cena para dos. Las velas, y las sábanas nuevas.
Los paseos de mano a mano, y las risas espontáneas. Los sacrificios. El llegar tarde al trabajo porque a la chica se le ocurre visitarte a ciertas horas desconocidas.
Y luego... si sigo contando, pienso más y más. 56-21-35-35. Tan fácil, que un día me marcó de la nada, y se despidió para siempre. Por más que toque a su puerta, ya no me abrirá jamás. Es tan triste.
Esta fue mi tonta historia de amor.
Saturday, September 22, 2007
Thursday, August 30, 2007

- Marqué a tu casa, por ahí de las 3:00 AM.
- Sonó el teléfono unas cuantas veces.
- Nos pusimos al tanto después de 10 minutos de conversación.
- Colgamos.
- No pude resistir volver a marcarte...
- Contestaste somnoliento.
- Ya eran las 3:40 AM.
- Te dije: allá voy.
- Iba en el auto hacia tu casa, me dije: qué estoy haciendo.
- Pensé por unos instantes antes de tocar el timbre.
- Procuré no pensar más.
- Me recibiste con los brazos abiertos.
- Me sorprendiste cuando me besaste.
- Caminamos hasta tu cuarto.
- Nos reímos del momento.
- Se tendieron nuestros cuerpos en tu cama.
- Me abrazaste con fuerza, me miraste a los ojos.
- Mientras acariciabas mi piel... me quitaste la ropa.
- El frío de esa noche, se estaba esfumando.
- Mi corazón temblaba como el tuyo.
- Había pasado tanto tiempo...
- Nerviosamente me hiciste el amor como si fuese la primera vez.
- Después de 45 minutos el sudor recorría nuestros cuerpos.
- Todo parecía desconocido y nuevo para los dos.
- Cuánto tiempo pasó desde la última vez... meses quizá.
- Pero sin mirar el reloj compartimos cada punto íntimo de nuestro ser.
- Por la mañana me desperté con el cansancio exquisito, con ganas de ser feliz.
- No estabas en la cama.
- El desayuno estaba en el buró.
- Y una nota que dejaste me hizo recordar...
- ... Recordé entonces que te amaba: cómo se me pudo olvidar.
Sunday, August 26, 2007
IGUALES¿Recuerdas cuando te dije que eramos muy diferentes? Estaba equivocado. Después de tu partida, sentía que nada era lo mismo. Vivía a secas. Suplicaba por tu presencia. Y decidí olvidarte por las buenas. Caminando, encontré nuevos cuerpos. Nuevas sensaciones, probé otros besos, otros labios, otras lenguas. Viví lo mismo que viví contigo, solamente que a espacios cortos, y yendo de prisa. El arte del amor, ya no era arte. Era un oficio. Un oficio con maestría. Así que poco a poco, me fui dando cuenta que contigo o sin tí, todo era lo mismo. Las circunstancias no cambian, nosotros cambiamos. Las cosas no tienen valor, las cosas las valoramos. Las personas no son humanos, nosotros las humanizamos. Y así, saqué conclusiones, después de cada acostón. Miraba al cuerpo desnudo a mi lado, suspiraba. Respiraba una vez más, y me daba cuenta que todo, no era en realidad importante. Y que tú y yo, hicimos bien en separarnos, porque si bien al principio, sufrí por tu partida; hoy pude disfrutar lo que era estar solo. Lo que era estar solo y a la vez con todos, porque no me siento atado a nadie, y puedo sentir de mil maneras, en mil contrastes, y sombras y luces por doquier. Comprendí por qué eras tan liberal y tan común, y a veces corriente. Porque ya no habían reglas, ni etiquetas, ni palabras necesarias. Si se quiere, se quiere... y si no, ya ni importa. Todos los caminantes que encontré, tenían mis razones. Y yo tenía sus pensamientos. Compartíamos la misma necesidad por lo material, el mismo gusto endiosado por el sexo, el mismo juicio de valor ante el tema del amor, y por supuesto, compartíamos el hambre por ser el centro de atención. Si bien me encuentro algo desgastado después de tanto traqueteo, hoy más que nunca, soy un animal nocturno. Una fiera sin sentido, un cuerpo que se mueve a la inercia del tiempo. Pero lo más importante de esto, es que después de todo, te guste o no... tú y yo: SOMOS IGUALES.
Tuesday, August 14, 2007
IMPOSIBLE, A VECES ERES IMPOSIBLEFriday, August 03, 2007
Grandes expectativas.Parecías difícil... realmente fue sencillo. Qué tienes de extraordinario. Realmente nada.
Pero esperaba diariamente, religiosamente, desesperadamente... que me salvaras.
Cuántas veces esperé con ansias una palabra tuya. La palabra clave que sanara de una vez por todas mis heridas.
Esperaba tus caricias como cerrando los ojos, y abrazando tu mano con mis manos, y tocando tus manos con mis labios y... tiemblo al recordarte.
Fuiste muy sutil pero yo te creía todo. Toda unidad, toda maravilla, toda única... tú: la pieza maestra de mis días.
Qué tenías de diferente. No mucho realmente. Yo sé que fueron más mis palabras que te describían que lo que podías ofrecerme de tu boca.
Yo creyente, tonto. Fatuo, estúpido, inocente. Yo te dije que te amaba. Yo fui el culpable de todas y cada una de mis angustias. Te he culpado tantas y tantas veces por mi tiempo perdido.
Pero tu silencio me lo dice todo, ni si quiera vagas por la vida queriendo hacerme mal, pero quiero creer que lo haces, que lo hiciste. Ése es mi consuelo... Y que nadie diga lo contrario.